Sentir las plantas

Los servicios ecosistémicos culturales que recibimos como beneficios no materiales o intangibles, se fundan en las experiencias y percepciones individuales o colectivas en contacto con el medio natural que habitamos.

En esta relación, todos los seres vivos interactuamos con el mundo a través de nuestras habilidades sensoriales conformando una red de saberes que configuran nuestras expectativas, creencias y conocimientos.

La vivencia del sentir a través de la vista, el olfato, el oído, el tacto y el gusto, desencadenan percepciones que nos permiten distinguir impresiones del ambiente en un contexto determinado. Esta construcción es vital para la adaptación al medio ambiente.

En esa trama de vínculos perceptuales, la conexión humana con el reino vegetal es atravesada por su capacidad de contemplación en un contexto determinado.

Tal es así, que se ha demostrado que parte de la humanidad contemporánea, experimenta una incapacidad perceptual descripta por los botánicos Wandersee y Schussler (1999) como “ceguera vegetal” que se explica como la tendencia humana a ignorar el reino de las plantas por considerarlas inferiores e indignas de consideración.

Afortunadamente, desde las diferentes perspectivas de las ciencias médicas, sociales, del urbanismo y la arquitectura es posible reeducar este y otros sesgos antropocéntricos.

Numerosos estudios epidemiológicos verifican que promover el contacto con las plantas tiene un efecto restaurador en nuestra salud física y mental, al aumentar la producción de oxitocina y serotonina, incidiendo de manera positiva en la regulación de los niveles de estrés, depresión, ansiedad y de rendimiento académico y laboral.

Por otro lado, ha quedado demostrado que las actividades recreativas al aire libre o la práctica habitual de la jardinería, permiten prevenir o sobrellevar enfermedades no trasmisibles y favorecen las interacciones sociales y que en contacto con la vegetación es posible aumentar la curiosidad, la atención, la concentración y estimular la reminiscencia de los recuerdos. Todas estas actividades de estimulación perceptual fortalecen nuestras capacidades cognitivas.

Otras investigaciones han relevado los beneficios sobre las comunidades más vulnerables identificando la reducción de la mortalidad entre las mujeres que viven en entornos más verdes (James et al, 2016), el incremento de hábitos saludables entre los niños y niñas que viven rodeados de naturaleza (Fernández Barres, et al, 2022) o las notables mejorías en el tratamiento de pacientes con trastornos neurodegenerativos que concurren a actividades terapéuticas y de rehabilitación en jardines sensoriales o de estimulación.  

Yéndonos un poco más lejos, a fines del siglo XIX, Charles Thays, paisajista que participó en el desarrollo de los parques urbanos metropolitanos de la Ciudad de Buenos Aires decía: “El hombre, sobre todo el que trabaja, necesita distracción y ¿acaso hay alguna cosa más sana, más noble, más verdadera, cuando se sabe apreciarla, que la contemplación de los árboles, de las hermosas flores, cuando son dispuestas con gusto? El espíritu entonces descansa, las penas se olvidan ponentinamente por lo menos, y el aspecto de lo bello, de lo puro, produce un efecto inmediato sobre el corazón. El hombre vuelve enseguida ora al trabajo, ora en su familia, bajo el imperio de disposiciones más favorables que las que hubiera tenido sin esos momentos de contemplación encantadora”.

Evidentemente, estos “descubrimientos” sobre los beneficios de la naturaleza para el bienestar humano,  revelan cuán lejos hemos llegado en la desarticulación de nuestra especie en el sistema, planteándonos un punto de inflexión sobre nuestros patrones de pensamiento, consumo, producción y hábitos.

Si aceptamos la oportunidad de abandonar el caos para observar los sutiles detalles del mundo vegetal y su relevancia para el resto de los seres vivos, podremos restablecer una conexión emocional con el mundo que nos rodea, sincronizando nuestra existencia con la vida secreta de las plantas, las aves, los insectos. Ser parte del universo.

Recomendaciones a poner en práctica

 -Salir a pasear y en cada ocasión planificar distintos recorridos (largos, cortos, concurridos, solitarios, sombríos o soleados…). Observar los cambios estacionales a través de las flores, el follaje, la forma de los árboles. Descubrir los detalles de los jardines en casas y balcones.

 -Cuando salgas al jardín, a un parque o a una calle arbolada, estimular el sentido del olfato tiene un poderoso efecto sobre nuestras emociones, es un sentido que utilizamos permanentemente de manera inconsciente, por lo que nos permite accionar la evocación de recuerdos y la anticipación de eventos.

-En el espacio abierto es muy interesante estimular la discriminación auditiva, para reconocer la intensidad de los sonidos o relacionar sonidos con experiencias. Caminar y conversar al aire libre es una práctica que fortalece vínculos y permite considerar nuevas ideas.

-Aproximarse y rozar los follajes, flores, frutos o cortezas, requiere el debido respeto, porque si bien se estimulan las glándulas odoríferas que nos recompensa con sus fragantes perfumes, también se ponen en acción otros mecanismos de defensa vegetal que pueden ser tóxicos.

-La estimulación del sentido del gusto solo se recomienda en huertas o plantaciones frutales y conducidas por personal capacitado.

-En el interior de las casas, oficinas o aulas, buscar un lugarcito soleado para cultivar algunas plantas o simplemente colocar un florero con flores o ramas.

Bibliografía

Fernández-Barrés, y otros. Urban environment and health behaviours in children from six European countries, Environment International, Volume 165, 2022, 107319, ISSN 0160-4120, https://doi.org/10.1016/j.envint.2022.107319

-James P, Hart JE, Banay RF, Laden F. 2016. Exposición al verdor y la mortalidad en un estudio de cohortes prospectivos de mujeres a nivel nacional. Environ Health Perspect 124:1344-1352; http://dx.doi.org/10.1289/ehp.1510363.

-Wandersee, J. H., y Schussler, E. E. (1999). Preventing plant blindness. The American biology teacher, 61(2), 82-86.

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